Estos vehículos de nuestras vidas aceleran cada vez más. Es el progreso: las fronteras de la ciencia, de la cultura, de la tecnología se van quedando atrás y el bienestar de los hombres mejora, pero a la verdadera felicidad siempre se la espera más adelante en el camino.
La sociedad, si se la concibe como una gran autopista que reúne a todos estos coches, tiene en sus lindes viejos mojones con el PIB rotulado para saber cuánto avanzamos. En las dos últimas décadas, se han colocado también algunos carteles más modernos que reflejan la calidad de vida, el respeto al medio ambiente y otros índices que intentan medir de manera más completa lo que preocupa a las personas.
Pero si miramos esta concurrida carretera en la que nunca se hace de día, algunas cosas nos llaman la atención. Todos los carriles sirven para ir en el mismo sentido, los pocos que intentan seguir otro camino tienen que hacerlo a pie por el arcén y con grave riesgo de atropello. Pero todavía resulta más chocante que los coches, la mayoría circulando velozmente y muy pegados, van todos sin luces o solo con las cortas. Nada preocupa a los guardias esta temeraria actitud, su función es solo hacer que los coches avancen más deprisa: “no se paren”, “no miren a los lados”, “no curioseen el accidente”, “sigan circulando y, si pueden, adelanten”.
¿No sería más sensato encender las luces largas?
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